Flechas rojas

Por Leia

I

Es el amanecer del 14 de febrero, y él ya tiene preparada la sorpresa. Acomoda a los músicos bajo el balcón de su amada doncella y coordina los últimos detalles con estos. A la cuenta de tres, cuando el sol aparece sobre la ventana, los primeros acordes de la serenata suenan, y él hace su mejor esfuerzo por cantar sin perder una nota. La doncella despierta, sintiéndose algo perdida, pero reconoce la tonada de inmediato. Es su música, la que tocaron durante su primera cita. ¡Lo recordó! Él lo recordó después de llevar más de un año saliendo juntos. Ella sonríe y se emociona hasta las lágrimas. Se levanta de la cama y corre al balcón, pero tropieza con un muñeco de peluche en el piso y cae de cara. Enfadada, toma el muñeco, abre la puerta que da al balcón y manda a volar al endemoniado peluche, gritando: “Condenado hijo de perra”.

La música calla, y ella, que se había dejado llevar por la rabia, vuelve en sí. Sale al balcón y ve a su amado con el peluche en una mano. En ese instante, comprende la mirada desesperanza de su amor. Era el peluche que la semana pasada le había regalado en una feria. Y ella se lo había lanzado, gritando obscenidades, mientras él cantaba bajo su ventana. Ella quería morirse de la vergüenza, y él de la pena.

Adrián se moría de la risa. No contaba con la reacción de la chica. Solo quería que se cayera y se lastimara un poco para cortar tanto romanticismo. Pero todo el teatrito de lanzar el peluche por la ventana y la cara del chico, había sido priceless.

—Esto me sale mejor cada año —murmura, apretándose el estómago que le dolía de tanto reírse.

De repente, apareció una luz detras del ángel de cabellos celestes, mientras este aún se secaba las lágrimas de la risa.

—¡Adrián! —ruge la luz y, del susto, a Adrián se le erizaron los vellos del cuerpo.

Se dio vuelta, a tiempo para ver la luz materializándose en su jefe, Venus 69. El dios apareció con un atuendo rosa y rojo bastante extravagante, sus largos cabellos negros volaban en el aire majestuosamente, y sus ojos violetas se clavaron en Adrián con la ira rebosando en ellos.

—¿Qué crees que haces? ¡Les estás arruinando su Valentín! —reprocha Venus 69, enfadado.

Mientras, Adrián se preguntaba si el labial rojo que su jefe usaba tendría sabor a fresas.

—O a cerezas —musita Adrián, perdido en sus cavilaciones.

Al dios le hirvió la sangre y le dio un coscorrón para despertarlo.

—Ok, lo siento, lo siento… Pero, ¿qué haces con esas pintas? Pareces la puta de mi padre.

Una mano blanca, elegante, con largas uñas rojas esculpidas, se aferró al cuello de Adrián. Sí, al ángel había ido muy lejos esta vez. Pero a Adrián, le encantaba poner de los nervios a su jefe.

—Si tu madre no fuera amiga mía, Adrián… Hace tiempo que TÚ serías la puta de uno de tus tíos y lo sabes bien. Cuida bien lo que dices. —El dios levantó una de sus finas cejas, al ver que su subordinado sonreía—. ¿Acaso te has vuelto loco?

— Tu belleza me ha vuelto loco hace tiempo, Venus —responde Adrián, con la voz forzada debido a la presión en su cuello—. Es que te ves tan soberbio cuando te enfadas. —Los falsos elogios siempre surgían efecto enseguida.

Venus 69 se sonrojó y liberó ángel, que se aseguró de ponerse a una distancia segura mientras se acariciaba las marcas rojas que dejaron las uñas largas. “Arde”.

Venus suspira para recobrar la compostura y observa al ángel. Adrián sabe muy bien que no puede hacer bromas en ese momento; así que se tranquiliza. Su jefe podía ser débil ante los elogios, pero no era idiota. Bueno, un poco, sí, pero la mayoría allí arriba lo eran.

—Aaah, Adrián, ¿qué voy a hacer contigo? Tu trabajo es asegurar que las parejas sigan juntas; no crear malentendidos para separarlos.

—Pero no hice más que divertirme un poco. Ellos están bien, ¿ves? —Adrián señala hacia la Tierra, donde la chica ya ha bajado y la pareja se abraza, con lágrimas en los ojos, pidiendo disculpas y repitiendo sin parar cuánto se amaban—. Les di una muy buena anécdota para sus hijos.

“¿Hijos? Ellos no durarán tanto”, piensa el dios, y se pone a revisar su libro de parejas, solo para estar seguro. Se sorprende al ver que el ángel tiene razón. “El registro cambió, pero… ¿cómo?”. Venus decide no darle mucha importancia al asunto. Adrián es mitad demonio; así que conoce no sólo las fortalezas, sino las debilidades de los seres humanos. Tal vez tenía un libro propio.

—Ay, Adrián, podrías hacer tanto bien con tus poderes. Pero te la pasas jugándole bromas a los enamorados, ¿por qué? —se pregunta Venus, pero en voz alta; por lo que el ángel logra escucharlo.

—Porque el amor no es así… No se trata de citas trilladas ni de corazones y bombones. No debería ser así y menos aún en este día —responde Adrián, y Venus se sorprende por su repentina seriedad y falta de sarcasmo.

—Pero los corazones y las muestras de afecto hacen mucho bien, Adrián.

Adrián no responde, pero Venus sabe que el chico recuerda el llanto de su madre a causa de la frialdad de su demoniaco padre. La relación de Rafael y Damián nunca fue la más sana o normal.

Venus sabe que el chico sufre, que está confundido y que se siente solo. Se cruza de brazos y trata de encontrar la respuesta en el infinito azul del cielo, y termina encontrando la respuesta en uno de los muchos desastres naturales de San Valentín; los que no tienen nada que ver con Adrián ni con otros alborotadores. “Pobre hombre, siempre se esfuerza tanto y siempre termina…”. El foco se le enciende al dios y sonríe con una pizca de malicia.

—Bien, Adrián. No puedo dejar que sigas con tus travesuras; así que tendré que castigarte.

Adrián infla los cachetes y se cruza de brazos. Venus sonríe pensando que el pequeño demonio es muy tierno a veces. “No, enfócate, es por su bien”.

—Te daré una semana para ayudar a uno de los desafortunados.

Adrián abre mucho los ojos. Los desafortunados no pueden ser ayudados. Son aquellos que cometieron un crimen demasiado grande en contra del amor y, por lo tanto, se les ha privado de las dichas del mismo. Un desafortunado era alguien que buscaba el amor como un hambriento busca comida, pero no lo encontraba. Jamás. ¿Y él debía ayudar a uno de ellos? Venus 69 sonrió ante el rostro perplejo de su subordinado. “Algo bueno debía salir de todo ese lío”, se dijo.