Flechas rojas

Por Leia

II

Adrián estaba nuevamente en su posición de observador. Acababa de encontrar a su “protegido” y pensaba que sería bueno estudiarlo primero y desarrollar una buena estrategia para acabar con su castigo cuanto antes.

José, su protegido era un hombre de 32 años, soltero, alto y de apariencia decente. Tenía una sonrisa un tanto idiota y unos ojos grandes y sinceros color café.

En ese momento, José preparaba un tierno picnic, bajo un frondoso árbol. Se aseguraba de poner el mantel a cuadros rojos y blancos en la posición perfecta para disfrutar el atardecer. Acomodaba la cesta,  las servilletas, los vasos y un florero con flores violetas. Le daba un último chequeo antes de sonreír en aprobación y sentarse a esperar a su cita. Iba vestido de traje, elegante y bien peinado.

Adrián sabía que en uno de los sándwiches había un anillo de compromiso escondido. “Tan jodidamente cliché… Qué asco”, pensó, aguantándose a duras penas las ganas de arruinar la bella velada, agitando algún panal cerca del árbol… o algo parecido.

José se veía contento e impaciente, casi no podía estarse quieto. Miraba a lo lejos, esperando ver llegar a la chica.

A los diez minutos, ella apareció. Era pequeña y linda. Vestía un vestido floreado, y sus largos cabellos castaños caían como cascada sobre su espalda. Su pequeña boca se curvó en una sonrisa al ver a José levantarse y saludarla con una reverencia.

—Tan galante, como siempre. —Se rio ella, con una dulce voz, antes de sentarse sobre el mantel.

José se rio y se sentó a su lado. Comenzaron a hablar, a reír juntos. La puesta de sol era el espectáculo perfecto para los novios. El ambiente era perfecto para los amantes.

“Proponerle matrimonio al atardecer del día de los enamorados… Qué estúpido”. Adrián, por su parte, casi no podía aguantarse las ganas de vomitar.

Finalmente, el momento llegó. Ella encontró el anillo, él se arrodilló delante de ella, la tomó de la mano y mirándola con el rostro encendido, se le declaró.

—Sé que el tiempo que llevamos juntos es corto, pero ha sido más que suficiente para que me dé cuenta de que debo pasar mi vida a tu lado. Dame la oportunidad de hacerte feliz día tras día, porque son tus sonrisas las que me devuelven la vida.

“Patético, patético”. Adrián estaba que se golpeaba la frente con la palma de la mano por el barato despliegue de sentimientos. Preparaba una flecha y se proponía a romper una rama para arruinarles el momento, justo cuando ella dijera que sí. “Aquí viene. Ella se ha sonrojado. Está asombrada y tiene lágrimas en los ojos…”.

—Jajaja…

“¿Ella se revuelca de la risa? Así no iba la cosa”. Adrián bajó el arco, sorprendido. La linda mujer se estaba riendo como si le hubieran contado el mejor chiste del mundo. “¿Cómo es posible que se pueda ser tan cruel?”, se preguntó.

José era el que tenía ganas de llorar ahora. Se le veía tan descorazonado.

“Eso no se le hace a nadie, perra…”, se dice Adrián y decide que hará que ella se enamore del hombre de una jodida vez. Así terminaría su trabajo. Sin embargo, lo siguiente que ella dice, casi lo hace caer de su nube.

—José, nos conocimos hace tres días. Es imposible que quiera casarme contigo —explicaba ella al comprender que José iba en serio, y que aquello no era una broma—. Pensé que jugabas. Todo este tiempo, con todas esas frases estúpidas y detalles —se excusaba, tratando de no reír más, al notar que José estaba sufriendo—. Lo siento. Eres un buen chico, galante y gentil. Es solo que no siento que debamos estar juntos de esa forma. Sin embargo, podemos seguir siendo amigos.

—Porque los bufones solo sirven para eso… ¡Para ser amigos! —Adrián se descargaba, ya en la casa de José. Apenas ella se habia ido, Adrián se le apareció y le explicó la situación brevemente. “Estoy aquí para ayudarte, y vaya que necesitas ayuda”, le había dicho—. Pero, ¿cómo se te ocurre proponerle matrimonio a una chica que apenas conoces? ¿Eres idiota o qué?

—Es que es tan bonita – José aún no entendía del todo lo que sucedía, pero acaban de rechazarlo, y no quería estar solo. Todos sus amigos se reirían de él si les contara—… y siempre me estaba sonriendo. Yo pensé que… que…

—¡Se estaba riendo de ti, estúpido! Pensaba que estabas bromeando. ¿Acaso no tienes sentido común, o una mera noción del tiempo? ¡Tres días! Eso no es suficiente para que ninguna mujer razonable…

A decir verdad, Adrián también quería echarse a reír, apuntarlo a la cara y burlarse de su estupidez. Pero debía trabajar con él, así que… “Mejor no machacar más su autoestima”. De todas formas, aún le daba risa su situación y no encontraba otra forma de sacárselo de adentro más que gritarle hasta que se le pasara la gracia.

—Además, todo lo que hiciste es tan… pegajoso. Eso ya no se hace; a menos que estés seguro de que la otra persona es tan idiota como tú. El romance es lo de menos.

—¡Pero el romance es lo más importante! Tratar bien a la otra persona…

—¿Para qué se enamore de una farsa? No lo creo. Lo importante en una relación es conocerse y congeniar. Saber hasta qué punto puedo llegar yo y hasta qué punto puedes llegar tú —lo interrumpió Adrián, comenzando desde ya su curso de “encuentra una pareja ideal”.

—Pero si quieres a alguien, debes hacerla sentir especial —replicó José—. Debes mostrarle cuánto te importa.

—Tal vez, pero no es lo más importante. Una persona no debería enamorarse con estúpidas y diabéticas demostraciones de afecto.

José se puso triste e hizo un puchero. No le gustaba que le reprochasen.

”¿No está muy grande para hacer pucheros?”, pensó Adrián, pero decidió guardárselo. Ya después tendría tiempo para volver a eso.

—Deberíamos empezar con desarrollar tu paciencia. No puedes esperar que alguien te diga que sí después de tan solo tres días.

—Pero el amor a primera vista —refutó José, y Adrián lo calló con una mirada.

—Si me sales con otra babosada de esas, te golpeo —amenazó, y, a pesar de que nuestro Cupido era físicamente más pequeño que nuestro idiota, el idiota, por idiota, terminó cediendo ante la amenaza.