Flechas rojas

Por Leia

V

 

Los planes de ese día se limitaban a ver una película juntos y salir a tomar un helado y tal vez, terminar con una cena.

—Luego, dependiendo de las señales que ella te dé, digo, si no se ve aburrida, si parece que quiere seguir hablando, podrían ir juntos a la casa de uno de ustedes —explicaba Adrián, con un gran sonrojo en el rostro, por las implicancias de que una pareja pasará una noche junta, en absoluta privacidad.

José, a pesar de ser corto, lo había entendido y estaba a punto de hacer un comentario, pero se frenó. No porque sabía que Adrián lo golpearía, sino porque tenía que concentrarse en otra cosa. El incidente de la mañana, con el libro y el otro ángel imposiblemente bello. «No lo olvides, no pienses en nada más, no lo olvides», se ordenaba José, mientras Adrián rogaba exactamente por lo contrario. «Por favor, no hables sobre eso».

—Ver películas es muy interesante —comentaba Adrián, desesperado por enfocar la atención de José en cualquier otra cosa que su trabajo—. Es una herramienta muy entretenida para entender cómo los humanos se ven a sí mismos y cómo desean ser… —«Esto está funcionando», pensó Adrián, cuando la película comenzó sin que José preguntara nada. Pero lo que nuestro donjuán defectuoso hacía era tratar de encontrar una respuesta, o una lógica por si sólo. «Este ángel es astuto. Debo prepararme para sus evasivas», pensaba José con determinación.

«Se nota que le interesa la película. Mira lo concentrado que está», pensaba Adrián por su parte, bastante contento.

Cuando la película terminó, caminaron largo rato en silencio. Adrián había hablado casi todo el tiempo antes de la película y se había quedado sin temas de conversación. Sabía que ahora le correspondía a José hacer el intento de animar el ambiente, pero no se sentía con derecho de reprochar nada. José, por su parte, reunía el valor para lanzar sus preguntas. Pasaron a la plaza, después de comprar los helados. El otoño estaba llegando temprano ese año y ya se sentían las brisas frescas que hacían bailar hojas que caían aún verdes. Se sentaron en un banco a terminar sus postres. Hasta ese momento, no habían intercambiado más que frases cortas y nada personales. José, en ese momento, cambió eso.

—Explícame qué pasó esta mañana —lanzó, al fin, decidiendo que la mejor estrategia sería atacar de frente y ponerse cabezota con eso. Si Adrián trataba de evadirlo, haría un berrinche, como un niño pequeño.

—¿Eh? No sé de qué hablas. —Adrián estaba tan nervioso que no pudo más que hacerse el desentendido.

—Sabes de qué hablo, Adrián. Del ángel que apareció en mi habitación, de ese libro, y de lo que él dijo antes de irse. Dijo que si querías conocerme mejor…

—Que tengo que preguntártelo a ti. Estaba allí, ¿sabes? —interrumpió Adrián, de mala manera—. Y ese es el punto, no quiero conocerte mejor, sólo sentía curiosidad.

—¿Curiosidad? ¿Sobre qué?

—Sobre tu pasado, ¿qué más?

—Pero… ¿Eso no significa que sientes curiosidad sobre mí? ¿Qué quieres conocerme? —preguntó José, sinceramente confundido. O sea, ya se le había olvidado la razón de esa conversación.

—¡Claro que no! ¿Para qué querría…?

—Eso tendría sentido. —Lo detuvo José—. Es lo que dices, ¿no? Dos personas deben conocerse antes de empezar cualquier cosa. Deben… ¿Cómo dijiste? ¿Obtener la mayoría de las piezas antes de apostar? Vaya que eres frío —dijo José, pensativo.

—Sí, me alegra que entiendas, pero no te confundas. Yo no quiero tener ninguna relación contigo. —Adrián se sonrojó un poco, ante la idea de llegar a tener ESE tipo de relación con José y comenzaba a sentirse nervioso, otra vez, pero de forma distinta. «Ugh, este helado me hizo sentir mal». Se levantó, sintiendo que necesitaba alejarse.

—Pero… —José lo detuvo, tomándole de la mano. Adrián se sorprendió por el repentino contacto—. Yo sí quiero aprender más de ti. Quiero conocerte. —Adrián apartó la mano rápidamente, imaginando lo que vendría—. ¡No, no me pegues! ¡Escúchame! —gritó José, un tanto fuerte. Adrián palideció y miró alrededor, tratando de asegurarse de que nadie escuchara y malinterpretara su conversación. «Creerán que abuso de él o algo así», pensó Adrián, con vergüenza—. Sé que tú quieres ayudarme, Adrián. Nadie ha tratado de hacer algo tan lindo por mí en mucho, mucho tiempo. Y en verdad lo aprecio, porque ansío mucho que alguien me quiera como soy y… Este, bueno, yo… —José no sabía cómo continuar. Se sentía muy triste al recordar todas las veces que había sido rechazado y burlado. Por más idiota que sea, era imposible no darse cuenta de su mala fortuna, y José había llegado a un punto en donde lo negaba todo con vehemencia, casi desesperación, antes de que Adrián llegara.

—No te confundas —dijo Adrián, muy frío, demasiado—. No te ayudo sólo porque sí. Eres mi misión, mi reto. Ayudarte a ti, un desafortunado, un mald… —«Mierda, hablé demasiado».

—¡Es cierto! Eso es lo que decía el libro: “Desafortunados”. ¿Acaso eso tiene que ver conmigo? ¿El motivo de mis desdichas amorosas será porque…?

—No es algo que debeas saber —cortó Adrían, pero ya era muy tarde.

—Y el otro dijo que deberías preguntarme sobre mi pasado. Eso significa que… ¿Es algo que hice? ¿Estoy pagando por algo que hice?

«Y ahora se le ocurre ser un genio a este», pensó el ángel, poniendo los ojos en blanco.

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Esa noche, la cita no tuvo el final “divertido” que podría tener en una situación normal. José estaba demasiado metido en sus pensamientos, tratando de descifrar todo lo que había sucedido en la mañana, y Adrián estaba sintiéndose confundido. Ya que lo que había dicho José, era cierto. Si estaba interesado en su pasado, significa que estaba interesado en él. Y si estaba interesado en José… Era porque le importaba. «Bah, esas son cursilerías de la Tierra».

Adrián estaba sentado sobre una nube, con un portal a su costado, mostrando el pensativo rostro de José, pero él no lo veía. Sólo lo tenía abierto porque le preocupaba, pero no quería admitir que estaba preocupado.

—Adrián. —Venus apareció tras suyo, dispuesto a darle una riña por haberle robado el libro en la mañana. Sin embargo, al sentir a su subordinado tan perturbado, decidió refrenarse.

—Me rindo. —Se adelantó Adrián—. No puedo ayudarlo.

—Pero tu castigo, Adrián —refutó el dios.

—Mi castigo era de una semana y ya pasaron casi tres. He aprendido mi lección. No me meteré con los humanos, no les jugaré más bromas, etc. —Adrián aún no le dirigía la mirada, seguía sentado, con las rodillas recogidas y los ojos ocultos.

El dios lanzó un suspiro y se sentó de lado de su ángel. —A ver, cuéntame qué pasó. —Intentó empezar una conversación para tratar de animarlo.

—¿Qué? ¿No estabas pendiente de todos mis movimientos? Pensé que era tu ángel favorito, Venus —bromeó Adrián, sonriendo de lado, pero con la voz aún dolida. Venus le puso una mano en el hombro, para reconfortarlo.

—Así no se trabaja por aquí, Adrián. Aunque, sabes lo mucho que te quiero.

—Todo es por mi madre —espetó Adrián, y Venus se asombró por el comentario mordaz.

—Es cierto que siempre digo eso y que tu madre es muy buena amiga mía; sin embargo, Adrián, aún así, tú…

—No quiero escucharlo —cortó Adrián—. Quiero dejar este estúpido castigo atrás.

«Ah, cuando te pones así, no puedo hacerte cambiar de opinión, ¿no?». Venus se masajeó la frente y terminó pasando los dedos por su cabello. Era una situación delicada. «¿Tanto te asusta involucrarte?», pero él no era quién para meterse en la vida de Adrián. —De acuerdo, pequeño diablo, pero tendrás que despedirte adecuadamente de José. Ese hombre te tiene mucho aprecio y, aunque no lo creas, ya lo has ayudado mucho. Querrá agradecerte…

Esas palabras hicieron que Adrián recordara la maldita conversación de momentos atrás. Se mordió los labios, algo enfadado, pero no dijo nada. Venus, al no encontrar respuesta y ver que Adrián no quería cooperar con él, pensó que sería mejor no empujarlo. «Pero eres mi amigo, Adrián». —Es una orden. Habla con él y explícale la razón de tu decisión.

—¿Qué? ¡No! —explotó Adrián, pero antes de que pudiera pelear más, Venus ya había desaparecido—. ¡Maldito! ¡Malditos todos!