Segunda luna de miel

por Matt Brooks

 

—Veo en los obituarios de Los Ángeles que Mary Miles ha muerto —comentó Rey, alargando la mano para coger su café—. Por lo visto, un derrame cerebral. —Pasó la página del Sunday, sin darse cuenta de la expresión inquisitiva de Dale.

 

—Y a mí me interesa eso, ¿por qué razón? —preguntó finalmente Dale, después de que Rey pasara otra página.

 

Rey alzó la vista.

 

—Ella era una gran estrella de Hollywood —respondió—. Me sorprende que no reconozcas el nombre. Hizo docenas de películas. Ella y Mary Pickford eran más o menos igual de famosas. La época del cine mudo. Ella todavía era famosa cuando yo era un niño.

 

—Ah —dijo Dale, con voz apagada.

 

—Ella actuaba en películas al mismo tiempo que Lillian Gish —añadió Rey—. Y nosotros vimos a Gish obtener un Premio por su Trayectoria Profesional o algo por el estilo la pasada primavera, ¿te acuerdas? ¿En la tele?

 

—Uno de esos premios de nunca-te-hemos-dado-un-Óscar que Hollywood reparte cada año —se burló Dale.

 

—Sí, bueno… —la voz de Rey se fue apagando.

 

—Bueno, con su partida ahora, y la de Fred Warind justo la semana pasada, creo que mi vida se ha acabado —dijo Dale con sorna—. Tendré que casarme con alguien de la realeza o algo por el estilo para volver a tener un poco de emoción. —Estiró la mano para alcanzar la sección de negocios—. Ya has leído esto, ¿verdad? —preguntó, sacándola del montón de un tirón.

 

Rey levantó la vista.

 

—Pues, sí. Toda tuya. —Observó con curiosidad a Dale durante un momento, luego regresó la mirada al periódico—. Estás de mal humor esta mañana, cariño —dijo detrás de la hoja—. ¿Te encuentras bien?

 

—Ah, sí, estoy bien —dijo Dale lentamente—. Solo pensaba en el paso de los años. Continúo dándole vueltas al hecho de que llevamos juntos veinte años. Y no parece que sea tanto tiempo —continuó—. Pero aquí estoy, casi en los cuarenta, y ni siquiera tenía veinte cuando nos conocimos. —Suspiró.

 

—¿Te arrepientes? —preguntó Rey con cautela—. La juventud perdida, ¿quizás?

 

—¡Ay, cielos, no! —Dale se rio—. ¿Cómo podría arrepentirme de ello? Veinte años con el hombre más maravilloso… He sido tan afortunado. —Se inclinó sobre la mesa y cogió la mano libre de Rey—. ¿Te acuerdas de Thomas y Lucas, que llegaron al hotel durante nuestra primera cita? ¿Llevaban juntos más de cuarenta años? ¿Y recuerdas que Lucas dijo que su madre le enseñó a dar gracias a Dios cada día por las cosas buenas de su vida? Sabes que yo lo hago —mañana, tarde y noche—, agradezco a mi estrella de la fortuna el habernos conocido y llegar a pasar mi vida contigo. —Besó la palma de Rey. —No, corazón*. Sin arrepentimiento. Nunca los ha habido. —Hizo una pausa—. Bueno, la verdad es que sí me arrepiento de algunas cosas. Aquellos pantalones dorados de pana en campana, y el suéter de color naranja oscuro y marrón chocolate que compré en el 73.

 

Rey se rio.

 

—Nunca entendí cómo fuiste embaucado por esa tendencia —dijo.

 

—No pude encontrar nada que no fuera acampanado aquel año, si recuerdas.

 

—Te hacía ver bajito y rechoncho con toda aquella tela ondeando alrededor de tus tobillos y el cuello medio cubriendo tus hombros y pecho.

 

—La moda tampoco es de ayuda últimamente. Ponme esa ropa de talla muy grande y parecerá como si hubiera saqueado el armario del abuelo —refunfuñó—. Por lo menos tengo un par de trajes que me quedan bien y parecen como si fueran parte de mi cuerpo. Supongo que tendré que guardarlos hasta que las modas cambien para mejor.

 

—Armario de segunda mano —dijo Rey con una suave risita.

 

—Bueno, he decidido qué quiero hacer con todo el dinero que he ahorrado en ropa en los dos últimos años —dijo Dale mientras dejaba el periódico sobre la mesa—. Es hora de que celebremos una fiesta.

 

Rey levantó la vista, alarmado.

 

—¿Fiesta? No te gustan las fiestas —dijo.

 

Dale le corrigió.

 

—No me gustan las fiestas a lo grande. Me dan dolor de cabeza. Pero una pequeña fiesta, de vez en cuando, no es algo malo. Siempre he disfrutado de las fiestas en piscina que los tíos* dan, después de todo, y por lo general, no son grandes grupos de hombres. Además, ¿por qué compramos esta casa si no porque queríamos entretener a invitados?

 

—Entonces, ¿qué tienes en mente para esa fiesta no a lo grande?

 

—He pensado que la tarde del Día Internacional del Trabajo estaría bien para celebrarla. Es el vigésimo aniversario de cuando me mudé contigo a la casita de campo de luna de miel. Lo más cercano a un aniversario de boda que llegaremos a tener, seguramente. He pensado en un bufé en la tarde, servido por una compañía de banquetes a domicilio, pero no formal. Quizá no más de tres docenas de invitados. Familia y gente que ha sido importante para nosotros a lo largo de los años, nada de contactos de trabajo.

 

—Lo has estado pensando.

 

—Bueno, sabes que me gusta planear las cosas, no simplemente lanzarme y empezar a salpicar alrededor.

 

Rey se rio.

 

—Sí, sí que haces planes. —Volvió su atención al periódico durante un momento, después volvió a hablar desde detrás de una página—. Y cuando acabe, tú y yo nos vamos a escabullir como recién casados y saldremos del pueblo durante un par de días.

 

—¿De qué estas hablando? El martes es día laboral —dijo Dale, estupefacto.

 

—Organízalo con tu equipo para cogerte un par de días libres —dijo Rey amablemente—. Eres el jefe. Puedes hacerlo.

 

—¿Qué vamos a hacer, como recién casados, pues? —preguntó Dale.

 

—Solo planea tu fiesta. Déjame el resto a mí —dijo Rey, pasando la página.

 

~*~*~*~*~

 

La mañana del Día Internacional del Trabajo amaneció nublada y gris. Después de inspeccionar el clima a través de las enormes puertas el patio, Dale solo se decepcionó por un momento. La niebla, por lo general, se levantaba al mediodía en esa época del año; la tarde debería estar bien para la fiesta. Se terminó su café, y sacó el plumero y la aspiradora. Había aprendido a ordenar las cosas el día de una fiesta y nada más: inevitablemente, habría que limpiar más después. «¿Por qué hacerlo dos veces?». Además, había algo relajante en el hecho de usar la aspiradora, aireando tranquilamente las alfombras después de que las plumas de avestruz quitaran el polvo de los muebles.

 

Rey salió del dormitorio cuando Dale estaba terminando con la aspiradora. Desayunaron deprisa, y Dale despejó la cocina para los del servicio de banquetes, pasando un trapo por la encimera y guardando en la despensa los pequeños electrodomésticos.

 

El equipo de servicio de banquetes llegó a las 11:30 para instalarse. Dale había elegido una temática de picnic con un ligero ponche de vino, y que el equipo del servicio llevara camisetas y pantalones vaqueros. Cuando todo estuvo en su sitio tenía un aspecto maravilloso, una mezcla de comidas mejicanas y anglosajonas colocadas de forma que fueran fáciles de comer, dispuestas en el exterior sobre manteles cuadriculados, y salpicados por varios pequeños montones de flores comunes de jardín —margaritas, Coreopsis, aciano, rosas silvestres— en botes de conserva.

 

Como tenían por costumbre para los grandes eventos, les pidieron a Tío Germán* y a Tío Marck, al sobrino Patricio* y a su amante Joe, que llegaran un poco más temprano. Todos ellos eran buenos en poner en marcha una fiesta y, en cualquier caso, era un placer verlos. Doña* Ysabel, la madre de Rey, llegaría unos minutos después de la 1:00, cuando la fiesta empezaba oficialmente, y ella era otra que podía animar cualquier conversación y hacer que la fiesta cobrara vida.

 

Fue Doña Ysabel quien se dio cuenta de las hormigas. Le comunicó su preocupación a Dale, quien, de inmediato, se dirigió hacia las mesas del bufé para ver cuál era el problema. Regresó ya sin la preocupación reflejada en su frente, soltando una risilla.

 

—Son parte de la decoración —dijo, feliz de no sufrir un ataque de insectos—. Les dije que quería un picnic y, ¿qué es un picnic sin hormigas?

 

Ysabel se rio.

 

—Debí haberlo sabido por su tamaño —admitió—. Aunque fue muy ingenioso.
—Volvió al bufé por una copa de ponche antes de saludar a su hermano y a su amante.

 

El público fluctuó durante la tarde. Los padres de Patricio llegaron sobre las 2:00 y su padre, Raúl*, se las arregló para mantener su enfermizo humor para él mismo durante todo el tiempo que estuvieron allí. Ambos, Patricio y Dale, lanzaron sendos suspiros de alivio cuando Susanna y Raúl fueron a dar las gracias y a despedirse después de una hora de tensión para Dale y de recelo para Patricio. Rey y Joe estuvieron considerablemente más relajados, y solo se rieron de sus amantes mientras estos observaban a Raúl marcharse por la puerta lateral.

 

—Hoy no ha habido quejas sobre los nietos, Tricho —dijo Dale—. ¿Crees que los cinco que tienen ya sean suficientes?

 

—Maldita sea, eso espero, Tío* Dé —contestó Patricio.

 

—Puede fastidiar a tus hermanos si quiere más —dijo Joe tranquilamente—. Estoy seguro de que ellos accederán si arma el suficiente alboroto.

 

Alrededor de las cuatro en punto, Rey se acercó a Dale y murmuró en su oreja:

—¿Terminaste de hacer la maleta? Los del servicio de banquetes deberían empezar a recoger pronto.

 

—Mi maleta está en el coche —dijo Dale—. Todo lo que tengo que hacer es rellenar el cheque y cerrar la casa.

 

El último invitado se marchó a las 4:45, y Dale fue de inmediato al estudio por su chequera. Junto con el cheque, le tendió al del servicio de banquetes un sobre con una generosa propina para el equipo. Para las 5:15, habría sido imposible decir que allí había habido una fiesta para cuarenta invitados en el jardín, excepto por el césped torcido y las marcas en el camino de grava.

 

—Entonces, ¿a dónde me llevas? —preguntó Dale mientras se alejaban en el coche—. Me dijiste que trajera ropa informal pero que metiera un abrigo una chaqueta y unos pantalones. Es obvio que tienes un plan. Escúpelo, nene.

 

—Nones. Es una sorpresa. Confía en mí.

 

Dale tuvo que contentarse con aquello mientras conducían en dirección norte; por mucho que azuzara y supusiera, ya no iba a obtener ninguna información de su amante. Al final, se acomodó en su asiento y renunció al juego, colocando su mano en el muslo de Rey como siempre había hecho cuando iban en coche a donde fuera —actualmente era un hábito reconfortante para ambos.

 

~*~*~*~*~

 

Cuando pararon en la Bahía de Morro después de un par de horas de conducción, para estirar las piernas y fumar un cigarrillo, Dale empezó a sospechar cuál podía ser el plan de Rey, pero se lo guardó para sí. Era una noche hermosa; un paseo por la zona costera y un sándwich de la cesta, que los del servicio de banquetes les había proporcionado, fue un placer del que pudo disfrutar sin dar la lata, por lo que se relajó y dejó que el viaje continuara fluyendo.

 

Sus sospechas fueron confirmadas cuando se detuvieron en el estacionamiento del motel La Barraca* en Monterrey.

 

—¡Lo sabía! —se jactó, girándose hacia Rey—. Supuse que ibas a traerme aquí, donde pasamos juntos nuestras primeras vacaciones. ¡Qué encanto eres! —Se inclinó para darle a su sonriente amante un rápido beso antes de soltar su cinturón y salir de un salto del coche.

 

Sin embargo, la sorpresa de Dale fue absoluta cuando fueron a coger la Suite 210, la misma habitación en la que habían estado en 1964, ahora ampliada por las reformas, con vista al mar a través del ventanal del balcón. Había un ramo de rosas con fragancia real en la pequeña mesa de comedor; ramilletes más pequeños estaban ubicados a lo largo de las dos habitaciones, y Dale inhaló su perfume con deleite. Rey sabía que despreciaba las rosas de invernadero que habían empezado a aparecer en las floristerías, llegadas de todo el mundo, permanentemente de temporada —hermosas pero cortadas antes de tener la oportunidad de desarrollar su esencia.

 

Rey quitó el ramo de la mesa y devoraron su cena tardía, Dale soltando una risita de júbilo de vez en cuando. Después de terminar la comida, deshicieron las maletas, se dieron juntos una ducha, sin prisas, y cayeron en la cama para una tranquila sesión de sexo placentero. Se durmieron, abrazados el uno la otro, pecho contra espalda, escuchando el océano.

 

~*~*~*~*~

 

El servicio de habitaciones llamó a la puerta a las 8:00. Rey dejó entrar al camarero, y se sentaron a desayunar más tarde de lo que lo hacían en casa; en comparación, parecía casi un almuerzo.

 

—Me vas a echar a perder para la vida real —bromeó Dale, sirviendo las segundas tazas de café—. Desde luego, podría acostumbrarme a este horario. Son casi las nueve en punto y aún estamos a la mesa.

 

Rey se rio.

 

—Duraría alrededor de un mes antes de que te pusieras nervioso y volvieras a empezar a encontrar cosas que hacer por la mañana temprano. No te engañes. Te levantas y te activas incluso cuando no estás completamente despierto.

 

—Creo que es verdad —admitió Dale tristemente—. Sin embargo, puedo fantasear, ¿verdad?

 

—Por supuesto que puedes, cielo. Bueno. ¿Qué te apetece hacer hoy? ¿Pasear por Cannery Row? ¿Ver jardines históricos? ¿Merodear por las galerías de arte?

 

—Vamos a ver las galerías de arte —dijo Dale después de un momento—. Descubramos que trama la competencia. Puedes tomar notas para Joe, para cuando nos reunamos con él y con Tricho el próximo fin de semana.

 

Pasaron la mañana paseando por las galerías y asombrándose de los precios de algunas de las obras de arte. Dale estaba decidido a encomendarle a Rey la tarea de incrementar sus propios precios cuando volvieran a casa. Si las pinturas que vieron en algunas de las galerías, que oscilaban desde indiferentes trabajos de rutina hasta la absoluta fealdad, estaban obteniendo esa cantidad de dinero, un talento como el de Rey ciertamente debería ser recompensado, pensó. Después de la comida en la ribera, volvieron al motel para acurrucarse y la siesta.

 

La cena de aquella noche fue romántica, en un pequeño restaurante francés a unas pocas manzanas del motel. Fueron andando hasta allí al atardecer, no precisamente cogidos de la mano, y Dale se maravilló de cómo había cambiado la vida para ellos en los veinte años que llevaban juntos. Cuando recién se conocieron, era peligroso incluso parecer demasiado amigable cuando había gente alrededor; ahora, podían andar por la calle sin tener que intentar parecer solo dos colegas. Después de la cena, fueron a un club que la recepcionista había mencionado, El Fandango*, y allí Dale se maravilló otra vez de cómo habían cambiado las cosas—cuando ellos se conocieron, los clubes gay tenían pequeños y discretos letreros, y no tenían ventanas abiertas a la calle—; el letrero del El Fandango, por otro lado, era de neón brillante y la fachada era de ventanas abiertas de lado a lado. Toda la clientela masculina era una mezcla de distintos tipos, desde hombres de cuero, clones, twinks, hasta osos. Varias parejas estaban bailando cuando entraron, y Rey tiró de Dale hasta la pista de baile para un par de canciones antes de buscar una mesa.

 

Dale mencionó su reacción cuando volvieron al motel.

 

—Estar en un pueblo diferente como este, la verdad, llama la atención
—dijo—. Recuerdo cuán discretos teníamos que ser al principio de conocernos, y cuán cuidadosos éramos al hablar con otras personas alrededor. Me sentí tan osado la primera vez que te besé en la mejilla en el local de Sal, pero esta noche casi sentí que pudimos haber follado en ese reservado y no habríamos recibido más que un levantamiento de ceja.

 

—Recuerda esa palabra, “casi” —dijo Rey, con aspecto escandalizado—. Los tiempos han cambiado, lo admito, pero no tanto.

 

—Pienso en la retirada forzosa de la Iniciativa Briggs** en, ¿cuándo fue? El 77 o el 78, lo que marcó una gran diferencia en nuestras vidas —dijo Dale—. Todo aquello fue por los profesores, cierto, pero salpicó al resto de nosotros. ¡Ja! ¡Tomad eso, enemigos de la igualdad!

 

—Hablando de tomar eso —dijo Rey mientras se quitaba la última de sus prendas—, voy a darme una ducha rápida y luego voy a llevarte a la cama.

 

—Ahhh, Dios —gimió Dale agradecido—. Vas a hacerme cosas innombrables, ¿verdad?

 

—Sí. Y te van a encantar. —Rey entró en el baño y un momento después el sonido del agua se oyó a través de la puerta.

 

~*~*~*~*~

 

El viernes, de regreso a casa, Dale se sentía más relajado de lo que había estado en meses.

 

—Gracias por llevarme de escapada romántica, amor —dijo—. Sabías mejor yo mismo lo que necesitaba. ¡Tan romántico! Una verdadera segunda luna de miel.

 

—¿A quién amo? —preguntó Rey retóricamente—. A mi papi*, a ese.

 

—¿Y a quién amo yo? —replicó Dale—. A mi papi, a ese. El sol, la luna y las estrellas, todos en un solo hombre, y yo le tengo para amarlo todos los días de mi vida. ¡Soy tan condenadamente afortunado!

 

 

*Nota de la traductora: en el original, el texto ya estaba en castellano.

**Proyecto de ley presentado a referéndum en el estado de California (USA) el 7 de noviembre de 1978. La iniciativa que fue rechazada, venía respaldada por el político John Briggs, legislador conservador del Condado de Orange (Orange County) de California, y pretendía prohibir a los profesores y maestros homosexuales (gays y lesbianas), y de paso a todos aquellos que defendieran a estos, el trabajar en las escuelas públicas de California.